El hallazgo de las huellas del exterminio, en la localidad mexicana de Teuchitlán, hace recordar un texto del añorado cronista Carlos Monsiváis: Los mil y un velorios[1], en donde señala:
«El narcotráfico estimula el ejercicio de la crueldad. El contagio de la violencia se produce por el abatimiento del valor de la vida humana que el narco genera.
»No es casual la intensificación de linchamientos atroces en regiones con presencia del narco, ni el desencadenamiento de vendetas, ni la saña inmensa que se ejerce. La fiebre del armamento de alto poder y las sensaciones del dominio desprendidas del exterminio se inspiran vastamente en la psicología del narco.
»“Si nos toca morir de muerte violenta, ¿por qué voy a reconocer el valor de la vida humana?”. Y en esta “religión de la crueldad” los rituales no se consideran repetitivos porque varían las víctimas».
Desde 2014, se apuntó en este espacio: en cada suceso estrepitoso que estrella a los mexicanos con su lacerante realidad, lo terrible no son sólo las muertes sino las prácticas de exterminio que: son permanentes, siguen un patrón de conducta y se realizan de forma masiva.
Tendencia a exterminar todo vestigio de existencia
La espiral de crueldad gana terreno que deriva en una indebida naturalidad, cada vez mayor, proporcional a la atrocidad y magnitud de la acción exterminadora. No es suficiente con apartar del camino a los contrarios. Es una tendencia a exterminar todo vestigio de su existencia.
Ocurre que, en 2025, exterminio resulta una palabra incómoda, pero más lo es su irrefutable hecho. Con los años, su perfeccionamiento ha llevado a alcanzar el grado de industria porque pueden hacerlo.
Esa realidad va asociada al afianzamiento de la actividad criminal en todas las áreas de la vida económica mexicana, porque se ha negado el fondo del problema: México ocupa el primer lugar del mundo en mercados criminales. Esto es: las más diversas áreas de la actividad económica sirven a la delincuencia para ampliar sus ingresos y campo de acción, hasta inocularse en los más variados e impensables rubros.
Tráfico de drogas y seres humanos sólo es una parte. La capacidad delictiva ha llegado a la minería, la explotación de la flora y la fauna, como se ve en este resumen.
Mucha de la producción del campo mexicano tiene impuesto y condicionamiento por los delincuentes, sin marcha atrás. El mejor ejemplo de estos días es la producción de limón, situación investigada y expuesta, en distintos espacios, por el periodista Carlos Arrieta.
Deshumanización masiva
El texto de Carlos Monsiváis continúa, con vigencia admirable: «La masificación del delito es, también, la deshumanización masiva.
»Así de reiterativo es el procedimiento: se elimina a quienes, a los ojos del asesino, son orgánica, constitutivamente seres desechables.
»La violencia aísla, deshumaniza, le pone sitio militar a las libertades psicológicas y físicas, mutila anímicamente, eleva el miedo a las alturas de lo inexpugnable.
»¿Se contagian los patrones de exterminio? Asombra el ritmo de los crímenes y la semejanza de los métodos.
»En el proceso influye sin medida lo impulsado por los narcos: el escasísimo valor concedido a la vida humana. Es fácil morir de muerte violenta, y es aún más fácil matar, y el culto a las armas y la tecnología armamentista va de la liquidación de las especies (la estupidez salvaje de la cacería) a la conversión de las personas en objetivos del tiro al blanco.
»Y son muchísimos los impregnados por las tácticas del narcotráfico. Éstas serían las premisas: “Si me han de matar mañana, mato a muchos de una vez/ Si tengo las armas, debo usarlas”. El despliegue armamentístico, la celeridad con que se consiguen revólveres o cuernos de chivo o lo que haga falta, desemboca en el placer del exterminio. Ya existía, y nutridamente la tradición de barbarie, faltaba la renovación tecnológica.
»Ordenar la supresión de vidas puede ser, y las evidencias son interminables, un deleite supremo, que condimentan la tortura y la humillación sin límites de las víctimas. La matanza de los rivales que es parte de la profesión de los narcos es requerimiento del control de mercados, pero es también la feroz compensación psíquica: “Quizás muera convertido en guiñapo, pero antes me llevo a los que puedo”.
»Falta un análisis del desarrollo de la “sed de sangre” de los narcos. Su frenesí homicida se centuplica y, con él, la gana de superar cifras y de inscribirse en el récord Guinness de los asesinados en un solo día.
»El feudalismo gangsteril y la lucha por los territorios, una hipótesis: por la necesidad de obedecer, que es el principio de la identidad de los sicarios, y por la urgencia de que las armas, ese repertorio de órdenes, obliguen a que los cuerpos al alcance obedezcan su mandato. Los cadáveres, sin afanes metafóricos, han recibido la orden de morirse, y esta psicología demencial está en la raíz de la tragedia colectiva que nos alcanza.
«Los exterminadores buscan a sus enemigos, los localizan, los ejecutan y, de paso, asesinan a otros, porque en su lógica su vínculo mayor, más consistente con la sociedad (con “los demás”), son las armas. Matan como si conversaran, matan para dialogar con la realidad y, en su caso, esto no es metafórico sino parte del ordenamiento natural».
Como se aprecia en estas punzantes letras de Carlos Monsiváis: hay un problema con mecanismos y ramificación que lejos de disminuir se amplifica y consolida con los años.
La tragedia va más allá de una propiedad con cualquier nombre ―como el rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco― porque, al mismo tiempo, estas prácticas se aplican, afuera, en diversas partes, de una extensión mayor de reclutamiento, entrenamiento y exterminio llamada México.
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