Giacomo Casanova: tricentenario


DAVID SANTIAGO TOVILLA

El Carnaval de Venecia decidió consagrar su emisión 2025 a su más conocido ciudadano: Giacomo Casanova, en el año que se cumple el tricentenario de su nacimiento.

La vistosidad del carnaval, su desfile, espectáculos y baile, buscaron conectar con la imaginería del siglo XVII, época en que vivió Casanova.

Lo celebraron por todo lo alto, en ruta hacia la fecha celebrada: el próximo 2 de abril.

Con Casanova pasa algo similar a el Marqués de Sade: son muy conocidos, populares, pero en la misma proporción: no leídos.

Sade es más digerible porque sus Obras Completas caben en trescientas páginas, además de que, en parte de ellas se dedica a enumerar con puntualidad, de manera didáctica, una propuesta de catálogo de pasiones.

En el caso de Giacomo su obra culmen, Historia de mi vida, se presenta en 3 mil 600 páginas. Contrario a la idea limitada de un gran seductor, las letras de Casanova presentan un incomparable retrato de Europa, en su tiempo. Es una mirada multidisciplinaria a la vida social, el pensamiento y los debates, las influencias políticas, las relaciones internacionales, entre muchos.

Quien se acerque a la autobiografía a indagar sobre el arte de la seducción, se llevará una absoluta decepción porque el autor es mucho más y pone un pie en la ciencia, la filosofía, la literatura y la diplomacia. Eso le da complejidad al escrito porque es exhaustivo en sus pasajes al enumerar situaciones y personajes. Su lectura requiere tiempo, paciencia y muchas pausas. Se acude más a un relato histórico que a la enumeración de aventuras amorosas. Sí las hay, pero insertas en un contexto muy amplio: en medio de la vida, la cultura y la sociedad en La Ilustración o el Siglo de las luces.

Como se ha reflexionado en otro momento, la traducción incide en la comprensión del texto. La mejor versión de Historia de mi vida, en español, es la de Mauro Armiño, publicada por la editorial Atalanta. Dos tomos soberbios: libros para coleccionar, no sólo para leer.

En medio de una relatoría vivencial pormenorizada, Casanova apunta reflexiones: «El hombre que se prohíbe pensar nunca aprende nada». «El hombre sabio que quiera instruirse debe leer y viajar después para rectificar lo que sabe. Saber mal es peor que ignorar». «Feliz o desdichada, la vida es el único tesoro que el hombre posee, y quienes no la aman no son dignos de ella». «Las acciones más decisivas de nuestra vida dependen de causas insignificantes». «Todas mis virtudes procedían de la enfermedad: para juzgar a un hombre hay que examinar su conducta cuando está sano y libre; enfermo o encarcelado ya no es el mismo». «La naturaleza es a la larga más poderosa siempre que los prejuicios».

Hay anotaciones con temática muy diversa. A su paso por España, escribe: «La lengua castellana es la más rica de todas las lenguas, riqueza que no puede consistir más que en sinónimos, dado que es mucho más fácil imaginar palabras que encontrar nuevas cualidades, y dado que es imposible crear cosas. Comoquiera que sea, la lengua española es sin contradicción una de las más bellas del universo, sonora, enérgica, majestuosa, que se pronuncia con perfecta locución, susceptible de la más sublime armonía poética».

De la vastedad de comentarios puede mencionarse, también, aquella en donde dice que empezó a elaborar un Diccionario de quesos, pero desistió. Al pasar por Loti, Italia, anota: «esa ciudad hasta ese momento sólo me parecía respetable por su excelente queso, que toda la Europa ingrata llama parmesano. No es de Parma, es de Lodi».

Casanova no tiene razón; en realidad, el queso de ese lugar es una variante denominada parmesano negro que tiene, ahí, su denominación de origen y es conocido como Típico Lodigiano o Granone Lodigiano.

Giacomo Casanova desliza criterios por encima de las referencias de personas que conoció: «Aunque gran pintor por lo que se refiere al colorido y al dibujo, no poseía la primera parte necesaria para calificar de grande a un pintor, la invención».

Si algo caracteriza a esos extensos volúmenes es su sinceridad y desparpajo. No oculta las trampas, engaños, traiciones que debió cometer al aplicar un sentido práctico a sus decisiones que debió tomar como aventurero: «Verán que siempre he amado la verdad con tal pasión que muchas veces empecé mintiendo para hacerla entrar en cabezas que no conocían sus encantos. No me condenarán cuando me vean vaciar la bolsa de mis amigos para satisfacer con ella mis caprichos, porque tenían proyectos quiméricos y, haciéndoles creer en su éxito, yo esperaba al mismo tiempo curarlos de su locura desengañándolos. Los engañaba para volverlos prudentes; y no me creía culpable porque no era un espíritu de avaricia lo que me hacía obrar. Me creería culpable si hoy fuera rico».

Casi para cerrar el segundo volumen, Casanova rechaza que se le pudiera condenar como seductor. Argumenta: «Vicio no es sinónimo de delito, porque se puede ser vicioso sin ser criminal. Eso fui yo a lo largo de toda mi vida, e incluso me atrevo a decir que fui a menudo virtuoso en el mismo momento en que era vicioso; porque si es cierto que todo vicio se opone a la virtud, también lo es que no perjudica la armonía universal.

»Para mí, mis vicios no han sido nunca más que una carga, salvo aquellos casos en los que he utilizado las artes de la seducción; pero la seducción nunca fue un elemento característico de mi temperamento, pues siempre he seducido sin saber hacerlo y siendo seducido a mi vez.

»El seductor de profesión, que hace de la seducción un proyecto, es un hombre abominable, sustancialmente enemigo del objeto en que ha puesto los ojos. Es un verdadero criminal que, si tiene las cualidades requeridas para seducir, se vuelve indigno cuando abusa de ellas para hacer infeliz a una mujer».

Ese es Giacomo Casanova, a quien las películas sobre él sólo han estereotipado y reducido. Ahí está su amplio testimonio redactado con el sentido opuesto: para que se le conozca. El tricentenario es un buen pretexto para embarcarse en esa aventura llamada Historia de mi vida.